¿Funciona la meditación?

¿Qué beneficios puede ofrecer la meditación? ¿De verdad funciona? ¿Quién inventó la meditación?

A partir de los años 70, con la llegada del movimiento “new age”, proliferaron en Occidente muchas prácticas pues… científicamente cuestionables. No, no se ha demostrado vínculo alguno entre la personalidad de la gente y la posición de las estrellas el día de su nacimiento. Un péndulo no tiene manera de saber dónde hay agua, ni oro, ni dónde está tu calcetín perdido. ¿Cuarzos? ¡No curan nada! Y la meditación…  Hmmm…

Meditación en la antiguedad

La práctica de quedarse quieto, en silencio y concentrado para alcanzar un estado de calma, claridad y conciencia, es sumamente antigua. Algunos investigadores afirman que inició cuando la gente se reunía alrededor del fuego, contemplando en sosiego las llamas ¿también te ha pasado que encuentras las fogatas hipnóticas? 

Pero las evidencias escritas más antiguas de la meditación como práctica intencionada se encuentran en Los Vedas, un texto sagrado Hindú escrito en sánscrito hace unos 3500 años, donde a este ejercicio se le llama dhyana (“DIAANA”). En la misma India, unos mil años después, surgió el budismo, que incluye la meditación como una práctica central para lograr “despertar” o “iluminarse”. A través de la Ruta de la seda, ya en el año 100, los monjes budistas llevaron su filosofía a China y al resto de Asia, donde se expandió y se diversificó.

En Japón, por ejemplo, a meditar se le llama zazen, y tiende a enfocarse en contemplar la naturaleza de la existencia en completo silencio. Mientras, otras escuelas proponen meditar repitiendo una palabra, o “mantra”, o incluso contorsionando el cuerpo, como en el hatha yoga. La meditación llegó a una rama del Islam llamada “sufismo”. Ahí, mientras que unos, llamados dervishes, meditan girando sin parar, otros tienen una práctica llamada muraqaba, más parecida a la budista pero enfocada a vincularse con la divinidad. Se piensa que de los sufis la meditación pasó al cristianismo: en tiempos de Constantino surgió entre los ermitaños una tradición llamada hesicasmo, que continúa hasta hoy y que es muy similar a la meditación. Aún San Ignacio de Loyola incluyó meditación en sus ejercicios espirituales.

Durante el siglo XX la meditación se propagó por Europa y América, especialmente a partir de que celebridades, como los Beatles, difundieron su atracción por la espiritualidad oriental, que encontró tierra fértil ante la decepción de muchos jóvenes hacia las religiones judeocristianas. Actualmente están en auge enfoques como el llamado mindfulness o “atención plena” que busca observar las percepciones y los pensamientos propios sin juzgarlos como buenos o malos.

Pero ¿de verdad sirve meditar?

En un estudio se encontró que concentrarse en una fogata, la forma más primitiva de meditación, reduce el estrés y baja la presión sanguínea. No sorprende que varios estudios hayan encontrado que meditar con frecuencia reduce significativamente la presión arterial y el estrés; y un meta análisis sobre encontró que la meditación de atención plena tiene efectos moderados, pero notorios, en la reducción de la ansiedad, la depresión y el dolor, aunque la técnica llamada “meditación trascendental” no ha mostrado resultados tan claros. 

Y es que la meditación modifica nuestro cerebro: activa la corteza cingulada anterior y la corteza prefrontal ventromedial, lo que tiene un efecto analgésico. La meditación de atención plena aumenta la cantidad de materia gris en el hipocampo y en el lóbulo parietal. Los estudios sugieren que varias estructuras mentales se modifican benéficamente con el hábito de la meditación, aunque aún queda mucho por estudiar. 

Se ha indagado la función cerebral de meditadores con mucha experiencia. En un estudio se encontró que el encefalograma de practicantes budistas mostraba un gran incremento en la actividad de las ondas gamma, lo que se relaciona con la capacidad de enfocarse en el momento presente, sin aferrarse al pasado ni preocuparse tanto por el futuro. Otra investigación notó que la amígdala de los meditadores expertos reducía su actividad ante imágenes atractivas o desagradables, lo que implica mayor ecuanimidad y menor miedo e impulsividad.

Todo indica que, hacerse el hábito de meditar, aunque sea brevemente, es capaz de modificar nuestros hábitos mentales, por ejemplo, eliminando la ruminación en pensamientos negativos que conduce a la depresión. También reduce el juzgarnos duramente a nosotros mismos. Eso mejora la regulación emocional y, por consiguiente, nuestro estado de ánimo. Y no sólo eso: hay evidencias de que esta práctica mejora significativamente nuestra atención: la capacidad de concentrarnos en una tarea y la flexibilidad cognitiva, la habilidad de cambiar el tren de nuestro pensamiento cuando la situación lo requiere. 

Aunque por lo menos una investigación propone que la meditación puede aumentar la longevidad a nivel celular, no hay evidencia de que la meditación cure enfermedades o ayude a bajar de peso. Lo que sí hay son estudios que indican que contribuye a un sentido de identidad más coherente y saludable, sobre todo en aspectos como responsabilidad, autenticidad, compasión y auto–aceptación.

¿Otros beneficios?

Un psicólogo de la Universidad de Cambridge incluso argumenta que, en la prehistoria, fue la meditación la que nos volvió humanos, modifícandonos incluso biológicamente mediante un proceso llamado “evolución baldwiniana”. Reunirse alrededor del fuego a contemplarlo o repitiendo cantos contribuyó a la evolución de nuestra memoria y nuestra capacidad de atención, ambas requeridas para el pensamiento simbólico.

Hay tradiciones espirituales, como la budista, que sostienen que meditar a partir del estudio y la reflexión de verdades universales, como la compasión o la impermanencia de las cosas, te permite interiorizarlas e integrarlas a tu ser, logrando verdadera sabiduría.  Manifiestan que hacerte consciente y distinguir lo que es transitorio de lo que es esencial, te puede ayudar a lograr la iluminación: el Nirvana, que es liberarte de la avaricia, la aversión, la ignorancia y el sufrimiento. O alcanzar el Satori: la comprensión y el entendimiento total. No sabemos si esto sea del todo posible, pero ¿no sería bueno por lo menos tener un poco más de atención, tranquilidad, auto–aceptación, compasión y conciencia?

¡Curiosamente!

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