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¿Qué pasa cuando morimos? - CuriosaMente 95

Dicen que sólo dos cosas son seguras: los impuestos y la muerte. Nuestros impuestos, ya nos imaginamos dónde acaban, pero…

¿Qué pasa cuando nos morimos?

Ya algunos animales con cierta capacidad de cognición, como los elefantes, se dan cuenta cuando uno de ellos ha muerto y hacen rituales funerarios. Incluso entierran y velan los restos durante días. Algunos visitan las tumbas años después del deceso. Para los humanos primitivos debía resultar evidente que un cuerpo que no hablaba, se movía o respiraba ya no era la persona que corría, nadaba, le gustaban los mangos y contaba chistes malos junto a la hoguera: algo “se ausentó” del cuerpo.      

¿Es que el cuerpo es una vela y la vida un fuego que simplemente se apaga? ¿O existe un espíritu que va a algún otro lugar?

Los seres humanos encontramos extremadamente difícil pensar en que dejaremos de existir, por eso en casi todas las culturas existe la idea de que el “yo” es inmaterial: es el espíritu el que le da vida al cuerpo, hace que se mueva y al morir lo abandona como si fuera un envase. Esta creencia está presente en el origen de las religiones.

Para los griegos “ánemos” es viento, soplo. Y al ser la respiración lo que más notoriamente abandona el cuerpo al morir, se pensó que en el aliento radicaba el ser. De “ánemos” pasó al latín “ánima” y de ahí al español “alma”. Para los griegos, cuando alguien moría, sin importar cómo se hubiera portado, llegaba al Hades, el inframundo. Lo concebían como un lugar físico al que se podía llegar a través de ciertas cuevas o navegando:  Odiseo llega ahí en barco. Más tarde pensaron que era justo que las almas virtuosas se fueran a un lugar hermoso, los Campos Elíseos, y los malvados a un abismo lleno de monstruos: el Tártaro.

Los antiguos egipcios tenían una idea similar: si hacías malos actos, tu corazón se volvía pesado. Al morir, la diosa Maat lo ponía en una balanza: si pesaba menos que una pluma, podías pasar a la “tierra de los dos campos” y disfrutar, siempre y cuando alguien hubiera preservado tu cuerpo y escrito tu nombre. Si no, tu alma se perdería.

Para los pueblos nahuas, como los mexicas o los otomíes, no era tu virtud la que decidía adónde irías al morir, sino la manera en que habías muerto. La mayoría de la gente se iba al Mictlán, guiados por un perro. Los guerreros caídos en batalla y las mujeres que habían muerto al dar a luz acompañaban al sol, y los ahogados acompañaban Tláloc, dios de la lluvia.

Para los incas, el inframundo se llamaba Uku Pacha. Quienes habían sido virtuosos podían irse a acompañar al dios del sol a su morada. Se creía que los ancestros cuidaban a los vivos, por lo que los vivos debían cuidar y honrar sus restos.  

La doctrina hindú afirma que el alma sale del cuerpo y renace en uno nuevo, en un ciclo de incontables reencarnaciones. Cada vida es una oportunidad de purificarse por medio de la disciplina y la austeridad.

Para los budistas es posible salir de este ciclo de reencarnaciones mediante la meditación: al darte cuenta que el mundo es una ilusión y abandonar tus apegos y odios, alcanzarías el Nirvana: un estado de iluminación y liberación de todo sufrimiento.

Las religiones cristianas, la católica entre ellas, dicen que al morir tu alma es juzgada para decidir si va al cielo o al infierno por toda la eternidad, dependiendo de tus obras y de tu fe en Dios. Si tus pecados no fueron tan graves o los confesaste antes de morir, vas al purgatorio, donde puedes limpiar esas imperfecciones. Esta idea del “más allá” proviene de la tradición judía.

Aunque no está en la doctrina cristiana, muchas personas creen que, cuando alguien muere de manera violenta o habiendo dejado asuntos pendientes, su alma se queda penando en la Tierra: son los fantasmas.

Desde un punto de vista estrictamente científico los fantasmas, o el alma, como una esencia inmortal de la persona, no tienen existencia verificable.

En 1907 el médico Duncan MacDougall puso a seis moribundos sobre básculas. Cuando murieron, vio que uno de ellos había perdido 21.3 gramos: eso dio origen a la idea popular de que el alma pesa 21 gramos. Pero MacDougall ignoró en su reporte que los otros 5 pacientes no perdieron peso y que esos 21 gramos pudieron deberse simplemente a la evaporación de sudor.

Otras anécdotas, como la de la “luz al final del túnel” de los pacientes con experiencias cercanas a la muerte suenan muy tentadoras como pruebas de vida después de la vida, aunque también se pueden explicar como procesos fisiológicos.

Desde la visión científica, aquellos aspectos que conforman lo que llamamos “espíritu” (nuestra conciencia, pensamientos, recuerdos y sentimientos), son un producto de la nuestra actividad biológica, especialmente de nuestro cerebro y sistema nervioso. Desde este punto de vista, el alma no es la que da vida a la materia, sino que, si la materia se organiza de cierta manera (por ejemplo, formando un ser humano) surgen esos atributos a los que juntos, llamaríamos “alma”. Conforme vamos creciendo, mediante la experiencia, nuestro espíritu se iría haciendo más complejo y, si nos esforzamos, más sabio.

Desde esta perspectiva, la muerte es simplemente la interrupción de todas las funciones biológicas, y por lo tanto, de la conciencia que, como la llama de la vela, se apaga, no va a otro lugar.

No tenemos la certeza de qué pasa después de la muerte. Quizá sí sobreviva el alma ¡no sabemos! Pero lo que sí sabemos es que antes de morir podemos compartir nuestros pensamientos, sentimientos y nuestra conciencia con los demás. Nuestras acciones y lo que dejemos en este mundo continuará vivo, así como una vela puede compartir su flama con otras antes de apagarse.

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